
Anteriormente en Polvos mágicos...
Una habitación anónima. Acabas de llegar y tu amante duerme. Decides proporcionarle un despertar inolvidable.
Ella gira la cabeza en la cama, aún adormilada, y te dedica una sonrisa a medio camino entre el sueño y la lascivia. Sientes que tus ingles quieren explotar, locamente excitado por su aceptación tácita de la interrupción del sueño. Sus nalgas siguen presionando tu polla con latidos rítmicos y empiezan a frotarse contra ti, lentas y suaves.
La agarras de la cadera y le aprietas aún más, si cabe, la polla contra el culo. La sonrisa de ella se ensancha y sus movimientos se adaptan a tu exigencia con toda su colaboración. Empiezas a sentir deseos locos corriéndote por las venas y de repente no puedes soportar verla así. Le sobra todo: las bragas, el salto de cama, casi hasta la sonrisa. No la quieres en calma. La quieres jadeante, gimiente y sudorosa, enrojecida por el placer y el esfuerzo de su búsqueda. Quieres oírla decirte todas esas cosas que te ponen a mil de forma entrecortada por la excitación. Quieres que pierda el control en tus manos.