
La habitación del hotel, como todas, es anónima. Con cierto lujo decadente, lo admites, pero estás demasiado cansado para hacer honor a esa decadencia del modo que preferirías. Cierras la puerta a tus espaldas y dejas caer la bolsa dentro del armario del pasillo.
Como es lógico con todo lo que has tardado (inconvenientes de tener un mal día), ella ya duerme. Ocupa con holgura todo un lado de la cama y parte del otro, acomodada con abandono. La sábana sólo la cubre a medias y puedes ver el salto de cama que la cubre, el azul que le regalaste y que había reservado expresamente para esa ocasión.
Te darías de patadas tú mismo si te alcanzaras y si tuvieras tú la culpa, pero, teniendo en cuenta cómo ha ido todo, prefieres no acordarte siquiera del asunto.
Te sientas en el rincón de la cama que queda libre y te recreas mirándola dormir. Como siempre, tu corazón empieza a latir más despacio, tus músculos se relajan y tu respiración también se hace más lenta. Te relaja mirarla. Cuando duerme, cuando está despierta, cuando habláis, cuando se pierde leyendo un libro, cuando pone música y se encierra a bailar donde cree que nadie la ve... Cuando tienes un día perro, pensar en ella hace que te tranquilices y empieces a buscar otros ángulos desde los que mirar las cosas.